> LA MISA DE HOY

PBRO. MARCELO BARRIONUEVO

Después de una pesca milagrosa, durante el almuerzo, Jesús le preguntó a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Esta pregunta, que Cristo nos hace a cada uno de nosotros en esta Eucaristía, significa: ¿me amas más que nadie y que a nadie?

Pedro no tenía una gran cabeza, pero poseía algo infinitamente más valioso y envidiable: un corazón enorme y profundamente humano. Por eso su respuesta es realmente hermosa: “sí, Señor -contestó-, tú sabes que te amo”. De esta manera, él no expresó cuánto amaba a Jesús ni si lo amaba más que los demás, porque el Señor conocía sobradamente lo que había en su corazón.

Sin embargo, Jesús, sin apartar su profunda mirada, volvió a insistir en la misma pregunta por segunda y tercera vez. Estas repeticiones entristecieron a Pedro: esos ojos clavados en él le exigían, lo acosaban, porque el amor es pasión, locura. Pero en esa mirada Pedro también vio el agua que apaga la sed del corazón humano, el pan que alimenta y da vida, el amigo que ama con una pasión infinita, el amigo verdadero.

Por eso su tercera respuesta, atemperada por el dolor -las lágrimas enseñan muchas cosas-, expresa lo que estaba implícito en la primera:

-Señor -dijo-, tú conoces todo, tú sabes que te amo.

-Apacienta a mis ovejas –le ordenó Jesús-. ¿Me amas? ¡Bien! ¡Cuida de los míos! ¡Preocúpate por los demás! ¡Siente como tuyos los problemas de mi Iglesia!

Este es un diálogo extraordinario, del que debemos hacernos protagonistas. En esa conversación Pedro comprendió que una ofensa cometida en un momento de debilidad no es una razón para dejar de amar. Como él, nosotros no debemos dilatar la confesión de nuestras faltas o abandonar el trato y el compromiso con el Señor cuando no nos hemos portado bien. Nada de lo que concierne a los demás nos debe resultar indiferente, porque los demás, como nosotros, son hijos de Dios. Ellos son mi mujer, mi marido, mis hijos, mis familiares, mis buenos amigos.

Cristo también derramó su sangre por cada uno de ellos. Por eso cada uno de nosotros debe asumir la responsabilidad de sostenerse a sí mismo y sostener a los que tiene a su alrededor. Tenemos la grave obligación de no privar a quienes nos rodean de la ayuda de nuestra oración, de nuestro buen ejemplo, del servicio desinteresado.

Todos deberíamos hacer nuestro aquel grito del Apóstol: “¿quién enferma, que yo no enferme con él?” (2 Co 11,29).